Internacionales

Henry Kissinger, el urdidor que conspiró contra Allende e impulsó la dictadura en Chile

El hecho
de que Estados Unidos (EE. UU.) fue un instrumento esencial en la conspiración
militar para acabar con el Gobierno democrático del socialista Salvador Allende
(1970-1973) en Chile es un secreto que se gritaba a voces antes incluso que el
golpe liderado por el general Augusto Pinochet consiguiera en setiembre de 1973
lo que no lograron los dos intentos fallidos previos, impulsados todos por el
mismo urdidor, Henry Kissinger.

Libros
como el de la periodista chilena Mónica Gonzalez La Conjura: los mil días
del golpe
explican de manera vasta y explícita cómo la CIA, instruida por
el oscuro asesor de Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon, tendieron
una red clientelar tanto con políticos como empresarios locales para hundir
social y económicamente el Gobierno de Unidad Popular, que Allende había logrado
consensuar con el Partido Comunista y otras fuerzas progresistas. Y cómo, también,
el Pentágono ayudó a consolidar este plan recurriendo a los tentáculos que
había extendido por toda Latinoamérica desde la infame Escuela de las Américas,
lugar en el que se formaron la mayoría de los militares golpistas y
ultraderechistas que en el último cuarto del siglo XX ensangrentaron el
continente.

“Kissinger
es sinónimo de golpe de Estado” resumió a EFE Cristián Castro, director
de la Escuela de Historia de la Universidad Diego Portales (UDP), sobre el
‘Rasputín’ norteamericano, fallecido este jueves.

Documentos
desclasificados

Desde
2023, 50 años después de la asonada en Chile, ese capítulo transmitido a
retazos por terceras fuentes ha pasado a ser una realidad histórica
incontestable gracias a la desclasificación de una parte de los documentos
secretos atesorados en el Archivo de Seguridad Nacional (NSA) norteamericano.

En ellos
se confirma que la conspiración empezó nada más ganar Allende las elecciones,
como relató González, durante una reunión celebrada en el Despacho Oval de la
Casa Blanca en la que participaron cuatro hombres: el presidente Nixon, que dio
la orden; el director de la CIA, Richard Helms, que la ejecutó; el fiscal
general, John Mitchell, que la justificó, y el propio Kissinger, cerebro gris
de una política que afectó a todo el planeta.

El hombre
que elevó el comunismo al grado de amenaza global y diseñó una campaña que
causó miles de muertos, lo había verbalizado de forma muy sencilla unos meses
antes: “No veo por qué tenemos esperar y permitir que un país se vuelva
comunista debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo”, le dijo a Helms
en junio de 1970.

Según los
anales históricos, lo pronunció durante una de las sesiones del Comité 40, una
oscura organización de alto nivel estadounidense creada para frenar el avance
del comunismo en el mundo.

“La
relación de Estados Unidos con América Latina y con Chile es mucho más larga
que solo el golpe de Estado. EE. UU. estableció una relación con América Latina
de tipo imperialista desde principios del siglo XX, que culminó con estas
políticas más concretas de intervención como el golpe de Estado”, responde
Castro sobre si el alzamiento contra Allende había existido sin Kissinger.

Escuela
de dictadores

“Entrenó
incluso a militares de las distintas naciones, llevándolos a Estados Unidos,
entregándoles la ideología de la Guerra Fría donde Estados Unidos cumplía un
rol de protección frente al comunismo”, recordó.

Por ello,
insistió en que “está totalmente demostrada la intervención de Estados Unidos
en el golpe de Estado, pero hay que decir que la intervención fue producto de
un trabajo de más larga data que hizo el gobierno norteamericano a través del
entrenamiento de militares”, señaló.

Se
eche a perder

En este
contexto, otra de las conversaciones recientemente desclasificadas señala que
Kissinger insistió a Helms en que la Administración de Nixon “no dejará que
Chile se eche a perder” y le dijo a su predecesor en el departamento de Estado,
William Rogers, que se debe “tomar una decisión a sangre fría y ejecutarla”,
pero “discretamente, para que no salga el tiro por la culata”.

Según las
notas de Helms, en aquella reunión del 15 de septiembre de 1970 en el Despacho
Oval se trazó un plan al que se pidió que se trabajara “a tiempo completo” con
“los mejores hombres que tenemos” y cuyo primer paso fundamental sería lograr
“que la economía grite”.

Tres años
después, el grito era el de la población chilena bajo las bombas y las balas de
su propio Ejército y el de los conspiradores celebrando con champaña en el
Despacho Oval el amanecer de una de las dictaduras más crueles y sangrientas de
Latinoamérica, que daría paso a una represión que también contaría con la
rúbrica de Kissinger.

“La
operación Cóndor”, pero esa es otro escabroso capítulo de historia largo de
relatar que también implicó a las dictaduras de Argentina y Uruguay.

EFE


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