“Equipaje de Mano” el regalo navideño más peligroso: Un Juego del Gato y el Ratón

Jaume Collet-Serra regresa a su característico universo de claustrofobia con Equipaje de mano (2024), una película que redefine el concepto de encierro. Aunque el filme se desarrolla íntegramente en un aeropuerto, un espacio amplio y lleno de movimiento, el director catalán transforma sus enormes halls, pasillos laberínticos y pistas interminables en una prisión emocional. Desde el primer momento, el espectador siente el peso del espacio como un enemigo más, gracias a la habilidad del cineasta para convertir incluso los lugares más abiertos en trampas asfixiantes.
La historia sigue a un policía aeroportuario, interpretado por el siempre magnético Taron Egerton, quien es chantajeado por un terrorista para dejar pasar un maletín que contiene una bomba con el letal agente nervioso novichok. A través de un auricular, el villano controla cada paso del protagonista, convirtiendo su línea de trabajo en un campo de batalla donde el tiempo es el mayor enemigo. Con esta premisa, Collet-Serra utiliza el aeropuerto como un tablero de juego lleno de amenazas invisibles, explorando cómo el miedo puede encerrar incluso en los lugares más abiertos.
Uno de los puntos fuertes de Equipaje de mano es cómo se distancia de los clichés habituales al dar profundidad a las motivaciones del antagonista, evitando los estereotipos clásicos del género. En lugar de centrarse únicamente en la acción, la película también explora las tensiones psicológicas del protagonista, atrapado entre su deber y su instinto de supervivencia. Egerton ofrece una actuación que equilibra carisma y vulnerabilidad, mientras que los elementos gráficos, como las interfaces digitales, se integran de manera ingeniosa para potenciar la narrativa visual.
Si bien la película no se aparta demasiado de las fórmulas que Collet-Serra domina, la tensión está manejada con maestría, manteniendo al espectador al borde de su asiento hasta el final. Equipaje de mano demuestra que el director sigue siendo un maestro en transformar cualquier escenario, por vasto que parezca, en un lugar donde la claustrofobia y la adrenalina son inevitables. Una experiencia visual y emocional que confirma que, bajo la dirección de Collet-Serra, el encierro no tiene límites físicos.