ESCRIBIR: “Cuando una historia golpea nuestra puerta, las palabras insobornables le dan sentido”

Desde los tiempos primitivos, los seres humanos han contado historias alrededor del fuego. Los relatos orales moldearon la vida de nuestros antepasados. En la literatura actual, si algo no está escrito, sencillamente no existe. Solo existen los mundos creados y recreados en el papel, o en el ámbito digital. Imaginen a un escritor que diga: “Escribí un poema maravilloso”, pero que ese poema no esté escrito ni estructurado para ser recitado. Escribir es traducir, y debe plasmarse en un soporte; de lo contrario, es cualquier cosa menos escritura.
En este mundo de producción acelerada, cada vez se escribe más y se lee menos. Quienes escribimos (y me incluyo como periodista) también somos víctimas de un sistema manufacturero que privilegia lo inmediato y lo efectista. Algunos intentamos preservar nuestros sentidos, porque para un escritor los sentidos son lo que la espada para un samurái. Sin embargo, en esta era de navegaciones interminables, hemos perdido las sinfonías de los grillos por la noche y el espectáculo de las estrellas titilantes en el cielo. Ya no nos detenemos ni siquiera a escuchar los silencios del alma.
Los algoritmos imponen sus leyes: exigen publicaciones diarias. Muchos escritores, además, no dominan el uso de redes sociales, lo que los deja opacados por los viralizadores de contenido que saben pelear en estas canchas. Pero volvamos al punto: escribir, encontrar palabras, enfrentarse a historias. Para algunos, esto puede ser un trabajo utilitario y productivo. Proliferan páginas que publican veinte o treinta entradas al día, pero ninguna vale un grano de arroz. Desde este modesto espacio, quiero subrayar que escribir no puede ser un acto mecánico ni efectivo. Escribir, desde mi perspectiva, es un viaje sin boleto: un camino lleno de baches, curvas y señalizaciones borrosas, donde se parte de un sitio y se llega a otro, no muy lejano. Mis pretensiones son humildes, aunque sé que algunos han triunfado escribiendo sobre fantasías alucinantes.
En mi caso, ninguna fantasía supera el peso de una historia real. Nada me inspira más que saber que una historia ocurrió realmente y que, de algún modo, estoy rescatándola y reinterpretándola. Escribir es resignificar la existencia cada día. Saber que existieron Borges, Rulfo, Ardizzone, saber que existe Scher, y que uno igual se atreve a juntar un par de oraciones, no deja de ser un acto de enorme valentía. Para mí, escribir es recordar a mis grandes maestros mientras trato de olvidarlos. Pero, sobre todo, escribir debe ser un acto de fe y respeto supremo, porque los periodistas no somos taquígrafos. El acto de escribir se asemeja más a la labor de un artista que a la de un artesano. El artesano, por necesidad, relega su arte para sobrevivir, produciendo más para ganar más. El artista encontró en el arte un lenguaje inmutable y cada pieza lleva una huella dactilar indestructible. El verdadero artista no quiere vender como fin, ni como medio, el artista tiene una necesidad intrínseca, debe vaciarse para volver a llenarse; por eso, se expresa como el agua cayendo de un manantial, o como la lava de un volcán que escupe furibundo.
Tanto el periodista como el escritor conviven en los dos mundos: en el del artista y en el del artesano, bebiendo de las dos fuentes. Escribir no es simplemente tomar lo primero que se encuentra a mano, como quien elige en una verdulería, donde gracias a unos papelitos es posible obtener la banana más rica del Ecuador, la frutilla más dulce de las quintas de La Plata o la papa más blanca de Malargüe. Las historias no se compran ni tienen precio. Son vivencias de unos y otros, o creaciones de nuestra imaginación, que se hallan, sin métodos científicos de extracción, como si estuvieran escondidas en los aires o debajo de la tierra. Las historias no se buscan; simplemente aparecen, como mariposas que surcan los jardines en primavera. Cuando una historia golpea nuestra puerta, las palabras insobornables le dan sentido. Nadie puede amontonar adjetivos, sustantivos y verbos como si arreara ovejas. Las palabras deben sentirse desde las entrañas, sin pretensiones ni artificios. Hay que permitir que la magia surja sin trucos. La mayoría de las veces, las palabras se acomodan solas. Y si no hay historias, solo queda esperar la próxima primavera.
- Adrián Michelena