Entre risas y veneno: el regreso mordaz de Manolo Caro con Serpientes y Escaleras
Una comedia oscura donde el humor se convierte en bisturí para diseccionar la doble moral y el poder en la sociedad mexicana.

Después de seis años de silencio creativo en Netflix, Manolo Caro regresa a lo grande con Serpientes y Escaleras, una comedia oscura que se siente tan personal como punzante. La serie, filmada en su natal Guadalajara, es un ejercicio de introspección nacional disfrazado de humor negro. Caro no busca simplemente provocar risas: quiere incomodar, señalar y reflexionar sobre una doble moral profundamente arraigada en la cultura mexicana. A través de su característico estilo, el productor transforma la pena y la tragedia en carcajadas ácidas, en un retrato social donde las escaleras pueden llevarte lejos, pero una serpiente siempre acecha para hacerte caer.
Protagonizada por Juan Pablo Medina y Cecilia Suárez, la serie pone en el centro a una perfecta escolar cuya ambición se ve desbordada por un conflicto infantil que escala hasta una guerra entre familias poderosas. Lo que comienza como un desacuerdo trivial se convierte en una feroz sátira del poder, la ambición y la fragilidad de las apariencias. Para Medina, es “una delicia contar verdades desde lo absurdo”, mientras Suárez celebra la posibilidad de entretener y hacer pensar al mismo tiempo. En este tablero donde se juega la reputación, cada movimiento puede ser un paso al éxito… o al abismo.
Inspirada en el clásico juego mexicano que da nombre a la serie, Serpientes y Escaleras se convierte en una metáfora de la vida pública y privada: subir rápido, caer de golpe, y entender que a veces el azar no perdona. Caro aprovecha esta simbología para explorar las alianzas, traiciones y contradicciones de una sociedad donde la moral es tan flexible como conveniente. Con humor corrosivo y una narrativa aguda, la serie no solo marca el regreso de un director, sino también un espejo incómodo —y brillantemente divertido— de lo que somos.