“Legado”: heredar el poder, traicionar la sangre
Un drama familiar implacable donde los lazos se tensan hasta romperse bajo el peso de un imperio mediático en decadencia.

En Legado, Netflix nos entrega una tragedia moderna disfrazada de drama corporativo, donde los lazos de sangre no son garantía de lealtad, y el apellido es apenas un título que se negocia en salas de redacción. Creada por Carlos Montero, Pablo Alén y Breixo Corral, la serie —con José Coronado como el imponente Federico Seligman— explora la erosión de una familia atrapada entre los ecos de la prensa y las grietas del poder. Lejos de la redención, aquí se narra la lenta combustión de un linaje que ya no se entiende a sí mismo, mientras el legado familiar se convierte en campo de batalla intergeneracional.
La figura de Seligman no es solo la de un patriarca enfermo que regresa para recuperar su trono mediático; es la encarnación de un pasado que estorba, que pesa, y que sus hijos ya no quieren arrastrar. La empresa, más que un símbolo de éxito, funciona como termómetro emocional: cuanto más se expanden sus tentáculos, más se enfrían los vínculos familiares. A diferencia de Succession, donde el negocio era excusa, en Legado es diagnóstico: revela, con cada episodio, el desgaste de una estructura en la que nadie quiere ceder, pero todos quieren ganar.
Dirigida con precisión quirúrgica por Eduardo Chapero-Jackson y Carlota Pereda, la serie apuesta por el silencio y la tensión antes que por el golpe fácil. No hay héroes ni villanos, solo personajes atrapados en un juego de ajedrez sin jaque mate, donde cada palabra no dicha pesa más que un grito. Con un José Coronado que encarna el ocaso de una era y un elenco que encarna la sed de ruptura, Legado no busca complacer, sino advertir: el poder, cuando se hereda sin cuestionarlo, no solo divide a las familias. Las extingue.