La medalla que Uruguay no sabe devolver

Julia Paternain subió al podio en Tokio con la bandera celeste sobre los hombros (por las dudas: metafóricamente) No lo hizo por México, el país donde nació; tampoco por Inglaterra, donde se crió; ni por Estados Unidos, donde vive y trabaja. Eligió competir por Uruguay, la tierra de sus raíces familiares. Con esfuerzo y convicción, ella hizo posible que nuestro himno sonara en un estadio lejano. Sin embargo, Julia no puede hacer algo tan básico como votar en las elecciones de su país. Uruguay aún no le devuelve, en derechos ciudadanos, lo que ella le ofrece en orgullo y representación.
El contraste es brutal: los mismos dirigentes que aplauden sus triunfos son quienes, en muchos casos, rechazaron las iniciativas que hubieran habilitado el voto a distancia o consular. En Uruguay, el sufragio sigue atado a la presencia física en el territorio. El plebiscito de 2009 lo intentó y fracasó, obteniendo apenas un 36,93% de apoyo. Desde entonces, varios proyectos naufragaron en el Parlamento. Mientras tanto, los uruguayos de la diáspora —más de medio millón— siguen siendo ciudadanos de segunda.
No estamos solos en esta paradoja. Paraguay mantiene idéntica prohibición: si un paraguayo emigra, debe regresar para votar. Honduras habilitó mecanismos parciales, con voto electrónico experimental y cuestionado. Surinam también niega el derecho. En cambio, la mayoría de las democracias modernas —España, Italia, Francia, Argentina, Brasil, México— han consolidado sistemas que permiten a su diáspora incidir en las urnas.
El exilio en la Grecia clásica era el mayor de los castigos: desterrar al ciudadano, expulsarlo de la polis. Hoy la práctica persiste, aunque con ropaje jurídico y no con cadenas. Negarle el voto a quien vive afuera equivale a decirle que su voz no cuenta, aunque siga enviando dinero, cultivando tradiciones y manteniendo lazos afectivos con la tierra natal. Es un destierro cívico.
El caso de Julia ilumina esa contradicción. Una mujer con tres pasaportes y una Green Card eligió portar el celeste. Ella pudo optar por otros países con mayor infraestructura, mayores becas y mejores programas de alto rendimiento. Eligió Uruguay. Y Uruguay, en respuesta, le niega el derecho de introducir una papeleta en una urna.
El debate de fondo es qué entendemos por ciudadanía. ¿Es solo residencia física? ¿O es también memoria, afecto, pertenencia cultural? En tiempos de movilidad global, aferrarse a una definición territorial es condenar a miles de compatriotas a la invisibilidad política.
La medalla de Julia brilla en la vitrina de un país que todavía debe una revolución democrática pendiente: permitir que sus hijos e hijas, aunque vivan en otras latitudes, puedan ejercer la ciudadanía en plenitud.
Voto en el exterior en América Latina
Permiten voto a distancia (consulado, postal o electrónico):
Argentina: voto consular desde 1993.
Brasil: voto obligatorio en el exterior (presidenciales).
Chile: habilitado desde 2017.
México: voto por correspondencia y electrónico desde 2006, ampliado en 2021.
Colombia: voto consular desde hace décadas.
Perú: voto consular.
Ecuador: voto consular desde 2008.
Bolivia: voto exterior desde 2009.
Venezuela: en teoría habilitado, en la práctica con graves restricciones políticas.
No permiten (o con obstáculos decisivos):
Uruguay: solo presencial en territorio nacional.
Paraguay: igual que Uruguay.
Surinam: no habilita.
Honduras: apenas mecanismos piloto y muy limitados.
- Por Antonio Ladra