“La verdad sobre el covid”: qué hay de cierto en lo que difunde el gobierno de Trump

Por Gastón González Napoli
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La Casa Blanca de Donald Trump y el Partido Republicano estadounidense volvieron a traer a la mesa al covid-19, alegando que se está revelando un secreto sobre la pandemia. No es menor prestarle atención a qué están diciendo y por qué.
Este miércoles, la cuenta de Twitter oficial de la Casa Blanca, que podríamos calificar de cuenta oficial de la Presidencia de EEUU, publicó solamente un link acompañado por las palabras “la verdad” y por un emoji de dos ojitos: covid.gov. Fue creado por el gobierno de Joe Biden para difundir información sobre la enfermedad en 2021, pero el año pasado ya la administración Trump había modificado el sitio web para difundir la teoría de que el SARS-CoV-2 fue creado en un laboratorio de investigación de coronavirus en la ciudad china de Wuhan, y que se escapó —o fue liberado— de allí. Es decir, la teoría de que el virus que paralizó al planeta fue una creación accidental de seres humanos, o un arma biológica, y no una coincidencia natural.
En la portada de la web, sobre las palabras “la teoría del escape del laboratorio”, una foto de Trump caminando, triunfal, como si fuera Tom Cruise alejándose de una explosión a sus espaldas.
En paralelo, en el Congreso estadounidense, el senador republicano Rand Paul acribilló ese mismo día a preguntas a Anthony Fauci, que lideró la respuesta de su país a la pandemia; una suerte de Rafael Radi de allá. Como Fauci discutió mucho al entonces presidente Trump, su base de seguidores —el movimiento MAGA, por Make America Great Again— lo convirtió en un villano. El gobierno siguiente de Biden lo mantuvo hasta que se retiró en 2022, pero Fauci nunca logró una jubilación tranquila.
Las noticias sobre él son dos: en el Congreso, Fauci se acogió a la Quinta Enmienda. Como bien sabrán los consumidores de series judiciales yanquis, esto significa que elige no responder porque eso podría autoincriminarlo. Y al igual que en las series, uno enseguida piensa que nadie inocente se acoge a la Quinta Enmienda. ¿Es esa la revelación de que Fauci mintió, que cometió crímenes?
La otra noticia es que Rand Paul publicó los diarios privados de Fauci, que se han repasado en busca de esa arma humeante que el inmunólogo estrella se niega a reconocer en el Capitolio.
¿Por qué, entonces, resurge este tema seis años más tarde? ¿Hay algo nuevo o es todo batalla cultural? ¿Qué nos importa en Uruguay?
Vamos por partes.

Sala de espera del Hospital de la Cruz Roja en Wuhan, 24/01/20. Foto: AFP / Hector Retamal
Hay un virus nuevo en China
En los primeros meses de 2020, de golpe los Estados de todos los confines del planeta fueron tomando medidas de restricción nunca vistas fuera de tiempos de guerra.
El 23 de enero de 2020, China aisló la ciudad de Wuhan, un polo industrial de 11 millones de personas donde a mediados de diciembre se habían diagnosticado los primeros casos de un nuevo coronavirus. Se suspendió todo el transporte público y se prohibió a los ciudadanos salir de la ciudad sin permiso expreso de las autoridades.
El mundo lo vio como un extremismo de un gobierno comunista totalitario… hasta que en febrero Europa pasó de asombrarse de los chinos a que le picaran los nervios. Y así fueron cayendo en medidas restrictivas un país atrás del otro.
Nada sale de la nada, decían los antiguos filósofos griegos. Tampoco este virus con corona.
¿De dónde salió? ¿Pasó de animales a humanos? ¿O se escapó de un laboratorio?
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Interior. Mercado mayorista de mariscos de Huanan, Wuhan. Día.
Es un “mercado húmedo”: vende carne fresca, como en cualquier carnicería o pescadería occidental. Pero esto es China: algunas carnes son realmente frescas. Se venden animales vivos.
La ventilación es mala, hay basura, los pasillos son apretados y la luz mortecina.
Una pareja de turistas, cámara colgada, mira con fascinación unas jaulas: hay puercoespines, ardillas, nutrias, zorros. Hay un jabalí. Todos vivos.
“¿Es para comer?”, pregunta en inglés el turista a un empleado con cara de pocas pulgas, señalando una civeta: parece un gato cruza con una comadreja.
El empleado estornuda y se tapa con las manos. Toma un pañuelo para limpiarse mientras responde: “La gente los lleva como mascotas”. Habla un inglés tosco. Vuelve a estornudar y suelta un insulto en mandarín antes de volver al inglés. “¿Pero quiere comerlo? Puede”.
El turista ríe algo incómodo y se aleja. El empleado vuelve a limpiarse con el pañuelo, lo guarda en el bolsillo y procede a manipular los pescados expuestos en una mesa.
Interior. Hospital, Wuhan. Noche.
El pasillo está atareado. No es una noche tranquila. Resuenan las toses. Llega un paciente cabizbajo, de tapabocas; es el mismo empleado del mercado de Huanan.
Dice en recepción que tiene fiebre alta, que se viene sintiendo mal desde el día anterior pero que ha empeorado y la medicación no le baja el dolor en el cuerpo. Tiene la voz tomada, congestión fuerte. Un enfermero le da indicaciones de a dónde dirigirse y comenta por lo bajo: “¿Otro más?”. La médica junto a él se seca el sudor de la frente con el antebrazo, la poca piel que su ambo, su barbijo y sus guantes dejan al descubierto.
“¿Le preguntaste dónde trabaja?”.
“No”.
La médica, su ceño fruncido de pronto, trota detrás del paciente que se ha dejado caer en una silla. Los ojos a media asta reflejan lo mal que se siente.
“¿Dónde trabaja, señor?”. El paciente va a responder pero ella se anticipa y repregunta. “¿En el mercado de Huanan?”.
Él la mira extrañado. Asiente.
Cuando la médica vuelve junto al enfermero, él ya ha entendido el punto.
“Todos trabajan ahí”.
“Todos”.
“¿Otro SARS?”.
La médica respira hondo.
“Hay que dar aviso”.
Exterior. Mercado mayorista de mariscos de Huanan. Día.
La reja se cierra con un golpe metálico que aturde. No son empleados: son policías. Sus rostros tapados por barbijos quirúrgicos y cascos.
Las luces interiores están encendidas todavía, apenas iluminan las jaulas de los animales, ahora vacías.
Un texto sobreimpreso: Wuhan, China. 1° de enero de 2020.
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La primera teoría del origen del coronavirus posteriormente bautizado como SARS-CoV-2 apuntaba al mercado de Huanan. Las autoridades sanitarias chinas lo identificaron como el sitio de un evento de supercontagio.
Tenía todo el sentido. China y las autoridades sanitarias internacionales tenían fresco en la memoria al SARS, sigla en inglés de síndrome respiratorio agudo grave, la primera pandemia del siglo XXI.
El brote de SARS-CoV, virus que provocaba esa enfermedad, se dio entre 2002 y 2003 y mató a unas 700 personas. Su origen se pudo rastrear a murciélagos, pero antes de llegar a los humanos dio el salto a otro animal: la civeta enmascarada de las palmeras, un felino común en el sur de Asia que se vendía en mercados húmedos como el de Huanan.
Mercados de animales vivos facilitan ese traspaso de virus entre animales porque juntan especies que no suelen tener contacto en la naturaleza. Murciélagos y civetas pueden coincidir; los que no coinciden con ellos habitualmente son los seres humanos. Tampoco es natural la velocidad a la que un ser humano puede desplazarse hoy de una punta del planeta a la otra. Si nos atuviéramos solo a lo que la naturaleza nos dio, como mucho podríamos movernos a caballo. Un avión no es natural.
El SARS-CoV saltó de murciélago a civeta a humano. Cuando sucede eso, pasar de animales a hombres, se le llama zoonosis. Y luego saltó de China a Francia a Canadá.
En películas de ficción como Contagio, del 2011, y en trabajos periodísticos como la serie documental Pandemia, estrenada proféticamente en Netflix en enero de 2020, se mostraba a China como el origen más probable de una futura epidemia que cruzase fronteras (tal el significado de la palabra “pandemia”; pan significa “todo” en griego y “demia” viene de demos, “pueblo”). 70% de las infecciones emergentes en el último medio siglo fueron zoonóticas. El VIH, por poner otro ejemplo, saltó de monos a humanos en África.
La teoría zoonótica del origen del SARS-CoV-2 tenía arraigo, entonces. A inicios de 2020, otra vez los murciélagos bajo sospecha. Circularon memes de chinos comiendo sopa de murciélago, pero la hipótesis de los investigadores suponía la existencia de otro animal intermedio, así como antes estuvo la civeta. Se habló de varios, sobre todo del pangolín. Del murciélago al pangolín al humano.
Los estudios más tempranos sobre el tema, como uno publicado en marzo de 2020 en Nature Medicine, eran certeros: el origen del covid era ese. Podía haber o no un pangolín en el medio, pero “los datos genéticos irrefutablemente muestran que el SARS-CoV-2 no se deriva de ninguna estructura viral utilizada anteriormente”.
Esta hipótesis sigue siendo la más respaldada por la comunidad científica. Aunque la evidencia no es definitiva, un estudio publicado en julio de 2022 en Science sigue apuntando como origen geográfico al mercado mayorista de mariscos de Huanan, y a la zoonosis como causa. Cuando se difundió ese estudio, el medio digital estadounidense The Conversation sentenció: “La teoría de la filtración del laboratorio está muerta”.
Pero estamos hablando de China.
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Interior. Laboratorio. Día o Noche, no importa: no hay ventanas.
Bajo una luz blanquísima, una persona vestida con todos los implementos de bioseguridad imaginables trabaja con una muestra en un tubito de ensayo. El aire entra, filtrado, por rejillas en la parte superior de la pared.
Al hombre se le resbala el tubo. Se rompe el vidrio. Líquido salta al suelo y él lo pisa con un zapatón.
El tipo chista. Suspira.
Se dirige a la puerta, que tiene una esclusa intermedia para filtrar todavía más el aire.
Sale al pasillo. Todo es blanco y pulcro.
El hombre se dirige hacia un lado pero se frena cuando otra puerta de laboratorio se abre: sale otra persona vestida casi como si fuera a viajar al espacio. Es una mujer. Nuestro protagonista cambia su actitud ofuscada. Trata de hacer un chiste, le sale pobremente. Ella ríe con sinceridad de todos modos.
“¿Ya te vas?”, le pregunta ella. “Yo me estoy yendo y me preguntaba si… si tienes planes”.
Él se tropieza con sus palabras.
“Bueno- sí- me estaba por ir sí”.
Ella espera un instante.
“Y no, no tengo planes. O tengo ahora sí. Contigo”.
Ella sonríe, se ve en sus ojos.
Se dirigen entonces al vestuario. Se sacan las prendas protectoras, él no cesa de mirarla… y no se da cuenta de que al sacarse el zapatón, su dedo roza lo que queda del líquido.
Tiran las prendas descartables en una papelera y abren un casillero cada uno. Tapado por la puerta del casillero, mientras toma sus cosas, nuestro hombre se pasa la mano sucia por la cara en un gesto nervioso.
Los dos salen del laboratorio.
Un sobreimpreso: Instituto de Virología de Wuhan. Diciembre de 2019.
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La cuestión es que el paciente más temprano de covid que pudo rastrearse, a los primeros días de diciembre de 2019, no había pasado por el mercado de Huanan ni tenido contacto con ningún empleado.
Sí, el mercado fue lugar de un evento de supercontagio. ¿Pero nació ahí el SARS-CoV-2 o llegó ahí desde afuera a bordo de un ser humano y no de un murciélago ni un pangolín?
Cuando comenzó a hablarse del covid como un virus creado por humanos y escapado de un laboratorio por error (como ocurre por ejemplo en la novela Apocalipsis, editada por Stephen King en 1978), enseguida se descartó como una teoría conspirativa. Es que la impulsaba el trumpismo, adepto a torcer la realidad según su conveniencia. A la cabeza de esta versión estaba el estratega político radical Steve Bannon, ex asesor de Trump en su primer gobierno: aliado con figuras opacas de la diáspora china, fervientes detractores del régimen, manejaban que el virus era un arma biológica creada por el Partido Comunista Chino; el enemigo en la cosmología de Bannon y la comunidad de su popular podcast War Room. Sonaba a opereta burda para hacer quedar mal al gigante asiático y alimentar la tensión entre EEUU y el gobierno de Xi Jinping. No por nada Trump le decía al covid “el virus chino”. Los demócratas opositores a Trump lloraban racismo, que sin dudas, pero la cosa parecía ir más por el lado geopolítico.
Quien escribe consultó virólogos uruguayos en su momento, que no se creían que el SARS-CoV-2 fuera un producto humano. Les parecía demasiado rebuscado.
Quizás el primer medio serio en darle credibilidad a esta segunda teoría fue la revista New York, que publicó su texto “La hipótesis de la filtración del laboratorio” en enero de 2021. En un reportaje extenso, el ensayista y novelista Nicholson Baker concluía que un accidente en un laboratorio -que no el diseño de un virus como arma- era la explicación más lógica para su surgimiento.
El hecho de que Wuhan, la ciudad donde primero se diagnosticó el covid-19, tenga un Instituto de Virología (!) especializado en el estudio de coronavirus de murciélagos (!!) alentó la fantasía, y luego la “reticencia extrema” (al decir de un artículo publicado en el jornal científico BMJ) del gobierno chino a compartir información complicó las investigaciones de enviados internacionales e hizo dudar hasta a los antes convencidos.
El mismísimo Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, se negó a descartar la hipótesis para mediados de 2021: refirió a su experiencia como técnico de laboratorio y dijo que “los accidentes en laboratorios suceden, es común”. Por eso reclamó a China que fuera “transparente, abierta y que cooperara” para que se pudieran analizar los “datos crudos” de los primeros días de la pandemia.
Claro: China es China. No deja de ser un gobierno totalitario y nunca la hizo fácil. El último reporte de un grupo de expertos convocado por la OMS no pudo encontrar una respuesta definitiva al origen de la enfermedad por falta de colaboración de las autoridades locales.
Aquella nota publicada en New York analizaba los estudios de “ganancia de función” o gain of function en inglés, en los que se experimenta genéticamente con un virus para hacerlo más peligroso; la meta no es generar una súper arma biológica sino ir desarrollando herramientas para cuando un virus así de dañino surja en forma natural. El reportaje recogía que en 2014 especialistas en enfermedades infecciosas habían advertido que la ganancia de función suponía “riesgos extraordinarios” para el público general.
Para cuando Biden era presidente y Fauci su principal asesor en salud, ya con la pandemia en el espejo retrovisor, legisladores republicanos —los ahora opositores— interrogaron a Fauci sobre si se habían financiado investigaciones de ganancia de función en Wuhan con dinero norteamericano. Es como una versión pandémica del mito de que la CIA entrenó a Osama bin Laden durante la guerra entre Afganistán y la Unión Soviética: ¿acaso EEUU había provocado indirectamente la pandemia? Fauci lo negó en forma reiterada.
Para terminar de embarrar la cancha, en 2023 el conocido periodista contestatario Matt Taibbi, con otros dos colegas, publicó una nota en la que identificó a tres funcionarios del Instituto de Virología de Wuhan como los pacientes cero del covid-19: Ben Hu, Yu Ping y Yan Zhu.
Un dato más en esa línea: la CIA hoy apoya la teoría del accidente de laboratorio como la más probable, sustentada en un reporte escrito durante la administración Biden y publicado en el segundo gobierno de Trump.
Con todo esto, la Casa Blanca trumpista publicó la web antes mencionada sobre la teoría de la filtración del laboratorio.
Pero las cosas son bastante menos claras.
Para empezar, la propia CIA considera que la inteligencia en que se basa su reporte es deficiente. Es difícil no pensar que se trata de la CIA siendo la CIA, jugando cartas para el lado que más le conviene.
Dos de los tres funcionarios del Instituto de Virología de Wuhan identificados por Taibbi, Ben Hu y Yu Ping, hablaron con la revista Science y dijeron que era ridícula la información de que ellos fueron los pacientes cero. Hasta donde se sabe, ninguno fue diagnosticado con la enfermedad. Además, según dijeron a Science tanto ellos como la superior de la que dependían, Shi Zhengli, ninguno trabajaba con virus vivos.
Por último, obligada por ley, la Oficina del Director Nacional de Inteligencia de EEUU desclasificó en junio de 2023 la información que tenía sobre el origen del SARS-CoV-2 y es coincidente con el relato de Hu y Ping.
La pregunta es por qué a Trump le interesa tanto echarle la culpa a los científicos de Wuhan. Una hipótesis: el movimiento MAGA tiene aristas anti ciencia; alimentar la desconfianza pública hacia el trabajo de investigación en virología va en esa misma línea. Es un Trump jugando para su base.
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Es cierto que los medios hegemónicos descartaron con demasiada premura a la teoría de la filtración de laboratorio como una teoría conspirativa. En 2025, la periodista sino-británica Jane Qiu, especializada en ciencia y radicada en Beijing, lo decía así en una columna publicada en el diario The Guardian: “La teoría de la filtración de laboratorio del covid no es solo una conspiración de derecha; pretender que es así, es malo para la ciencia”.
Gente como Bannon, dice la periodista y activista canadiense Naomi Klein en su libro Doppelgangers, se enfocan en miedos reales mientras el bando “progresista”, por así llamarle, los rechaza como “cosas de locos” solo porque gente como Bannon hable del tema.
Sin embargo, como me dijo el virólogo Álvaro Fajardo, si uno sale a la calle y el asfalto está mojado, lo más probable es que haya llovido. De la misma manera, el surgimiento de los coronavirus suele ser zoonótico y es la explicación más probable.

CDC / Alissa Eckert, Dan Higgins
¿Hay un virus nuevo? en China
“Podemos discutir un montón de cosas pero hay otras que no. Un virus hubo”, dice el periodista.
“Probablemente”, responde el otro, un referente de la Disidencia uruguaya.
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Si se pone en duda que las cuarentenas forzadas y la vacunación masiva durante la pandemia tuvieran sustento científico, si se cree que más bien se debieron a motivos espurios, ya sea puramente económicos —farmacéuticas deseosas de vender productos— o peores aún —control poblacional, eugenesia, neuromodulación—, es muy sencillo preguntarse: ¿y si el mismo virus no fuera tal?
Todavía hay quienes lo toman con pinzas. “Probablemente” hubo un virus.
Una raíz concreta es un documento de los CDC, los Centros para el Control de Enfermedades de EEUU, de los primeros meses de 2020. Ahí se hacía mención de que “no se dispone del aislamiento del virus cuantificado”.
“Aislar” o “cultivar” un virus es reproducirlo en un laboratorio para estudiarlo. Si no se lo hubiese aislado no se podría haber desarrollado tests diagnósticos, o sea que comprobar esa primera mentira haría caer a todo el castillo de naipes.
Pero es falso. El “nuevo” coronavirus se aisló “innumerables” veces, al decir del virólogo Fajardo. No en Uruguay, por la falta de un laboratorio con el suficiente nivel de bioseguridad. Sí en el mundo. El código genético del virus SARS-CoV-2 se publicó ya en marzo de 2020 por el Centro Clínico de Salud Pública de Shanghái. Y si desconfiásemos de China, hay estudios publicados al respecto por revistas científicas de prestigio como el New England Journal of Medicine y Nature también en los albores de ese año pandémico. Fajardo está hoy en EEUU trabajando en un postdoctorado y cuenta que inicialmente su tarea allí fue trabajar con el SARS-CoV-2 en animales —hámsters genéticamente modificados— para estudiar cómo los afecta el virus. Cosa impensable siquiera sin la posibilidad de cultivarlo.
Lo de aquel documento de los CDC era un error de interpretación. Los artículos y documentos burocráticos del terreno científico no son de lectura fácil. Decir que no se tenía el virus “cuantificado” supone que todavía no tenían una muestra del virus medida con precisión para tomar de referencia, no tenían definido cuántas partículas había en una muestra. Por necesidad, por estar al arranque de la epidemia, estaban trabajando con la secuencia genética.
Entonces: sí, el SARS-CoV-2 se aisló.

Soldados ucranianos el 21/5/2022. AFP / Aris Messinis
Hay un virus nuevo en…. ¿China?
Exterior. Calles bajo un cielo plomizo. Día.
El asfalto mojado de las calles refleja el cielo gris. Entre edificios de apartamentos, bloques de hormigón remanentes de la era soviética, no vuela una mosca.
Texto sobreimpreso: “Afueras de Járkov, Ucrania. 30 kilómetros de la frontera con Rusia. Mayo de 2022”.
Algo explota contra un comercio, un café vacío a esta hora. Los escombros cubren la calle. Y a la vuelta de la esquina asoma un tanque con la bandera rusa pintada al costado.
Detrás del tanque, un pelotón de soldados avanza. Las botas marcan el ritmo, su sonido rebota entre los edificios con musicalidad.
Por los balcones asoman cabezas, ojos asustados, manos que tapan oídos. Pero al ver la bandera rusa, caras se iluminan. “Son los rusos”, dice un hombre, y su hijo celebra. “¡Vienen a liberarnos!”. La gente se anima entonces a salir a la calle, vuelan papeles sobre los soldados, que sonríen entre ellos, satisfechos con la labor.
Entonces, el comandante señala al frente.
“Allí está”.
Apunta a un edificio macizo, gris oscuro, con un letrero en letras carmesí que leen, en el alfabeto cirílico: Laboratorio Biotecnológico.
Interior. Laboratorio. Minutos después.
Un laboratorio a oscuras. Bum, bum, un golpe fortísimo contra la puerta metálica, que se hunde hacia adentro hasta que cede.
Un grupo de soldados entra, ilumina el lugar con las linternas al costado de sus cascos. Está vacío.
“Es seguro”, dice uno de ellos. Encienden las luces y el comandante entra. Es un espacio amplio y limpio como un hospital. Pero a diferencia del que vimos antes, este laboratorio tiene un aura extraña. Sórdida. Los soldados parecen oler algo feo y uno prende la luz que falta: del otro lado de un vidrio hay un animal muerto. Está muy descompuesto y no llega a verse qué es.
“Monstruos”.
Mientras los soldados se asquean, el comandante se acerca, impávido. Observa archivos en la mesada junto al vidrio. Repasa varios, sus ojos se mueven rápido. Su ceño se frunce.
Deja caer los papeles y grita saliendo afuera que lo comuniquen ya mismo con los altos rangos militares.
Nosotros nos quedamos viendo los papeles, escritos en cirílico. Un texto sobreimpreso traduce al alfabeto latino: Experimento para fortalecer el virus SARS-CoV. Fase 1.
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Algo así ocurrió, de acuerdo con lo que informaron el canciller ruso Serguéi Lavrov y el vicepresidente del Consejo de Seguridad de ese país, Dmitri Medvédev, en las semanas iniciales de la invasión de Ucrania comenzada en febrero de 2022. Esta teoría se difundió también en las prensas estatales rusa y china, y llegó a círculos de extrema derecha estadounidense, donde ganó más tracción. E hizo metástasis entre conspiracionistas que lejos están de considerarse de extrema derecha.
Por supuesto la teoría de que el virus del covid surgió en un laboratorio de armas biológicas de Ucrania no tiene base científica.
En el cordón de países exsoviéticos que nacieron a la independencia en los años 90, existen numerosos laboratorios que cuentan con respaldo financiero de EEUU, y muchos de ellos están en Ucrania. Se crearon durante la época soviética como laboratorios biotecnológicos que más tarde reconvirtieron para el desarrollo de armas biológicas. Con la caída de la URSS, a través del programa Reducción Cooperativa de Amenazas (CTR, Cooperative Threat Reduction, firmado en 1991), EEUU financió estos laboratorios para que desmantelaran en forma segura las armas; después se modernizaron y adaptaron para trabajar en prevención de enfermedades y continuaron recibiendo financiamiento norteamericano.
A la Rusia de Vladimir Putin no le hace gracia esa presencia yanqui tan cerca de su frontera. Viene señalando a estos laboratorios por lo menos desde 2011 como fuente de males varios: el virus del Zika, la gripe porcina. De hecho, en un primer momento la narrativa post invasión no mencionaba al covid: el Kremlin afirmaba que allí se producían armas biológicas con el apoyo de EEUU, y que parte de su objetivo al invadir Ucrania era destruir esa capacidad militar.
Aislacionistas como son, la idea prendió en la burbuja MAGA. Encontró tierra fértil en podcasts como el de Bannon y el del posteriormente asesinado Charlie Kirk. También la difundió Tucker Carlson, comunicador derechista muy influyente, entonces todavía al frente de su programa televisivo en el horario central de la cadena Fox News.
Los laboratorios en Ucrania —y en otros países exsoviéticos— no eran ningún secreto pero la mayoría de la población los desconocía. Por eso, enseguida después de la invasión rusa, el Boletín de Científicos Atómicos advirtió que se podrían utilizar para proveer leña al fuego de la desinformación como forma de justificar la guerra. Recuerda a las mentiras del gobierno de Bush sobre las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, usadas como excusa para invadir Irak en 2003.
Con esa bola de nieve corriendo online, el gobierno de Putin aprovechó para llevar la discusión al Consejo de Seguridad de la ONU. La ministra de Defensa rusa llegó a vincular con estos misteriosos laboratorios ucranianos a dos punching balls del Partido Republicano estadounidense: el hijo de Joe Biden, el polémico Hunter, y el financista polaco George Soros, un importante donante del Partido Demócrata y de otras causas señaladas como woke.
Todo esto se combinó con la hipótesis del escape del laboratorio chino para dar lugar a una nueva teoría. Es un patrón de la Disidencia el desconfiar de EEUU, a cuyo gobierno consideran infiltrado desde hace décadas por fuerzas a las que nadie eligió y que manejan los hilos mucho más que los presidentes y legisladores: el llamado Estado profundo o deep state. Por eso, se acepta con cierta candidez información rusa a todas luces propagandística. Pero no hay evidencia alguna de que el SARS-CoV-2 se haya creado allí.

Wuhan, primavera de 2020. AFP / Hector Retamal
¡Le vas a
creer a China!
Se repite en ámbitos disidentes que en China “no existió la pandemia”, y se plantea que el gigante asiático mintió sobre el alcance que tuvo el virus en primera instancia para asustar a los occidentales.
Es sencillamente falso: China tuvo la primera ola del mundo pero controló la epidemia porque —siendo un estado totalitario— impuso una política cero-covid súper estricta con niveles de control que en Occidente no se alcanzaron.
Tan estricta fue la estrategia que para 2022 provocó una serie de protestas, consideradas las más masivas en China desde 1989. Pero fue efectiva desde lo sanitario, y la cantidad de casos y muertes fue muy baja. Eso no significa que no haya existido la pandemia en China.

Portada de la web covid.gov
¿Y entonces?
¿Por qué este tema sigue? ¿Qué cambiaría si el virus se escapó por accidente del laboratorio de Wuhan? ¿Por qué siguen interrogando a Fauci?
¿Y qué nos importa a nosotros?
Sobre la primera parte, en los diarios publicados de Fauci lo más llamativo es que el tipo se sentía un rockstar y escribía muy contento sobre sus encuentros con celebridades. No aparece una prueba de que haya mentido sobre los orígenes del SARS-CoV-2 mientras en privado decía algo diferente. En su diario manejó las dos posibilidades —un origen natural y el escape del laboratorio— de la misma manera en que lo hizo en público.
“Solo porque dos alternativas son posibles no significa que sean igualmente probables”, escribió.
En el Congreso se acogió esta vez a la Quinta Enmienda, que dice que uno no puede ser obligado a convertirse en testigo contra uno mismo, por recomendación de sus abogados. Lo hizo más de 100 veces ante la insistencia del senador Rand Paul. Fauci dijo que Paul tiene una “obsesión obvia” contra él y: “La única conclusión a la que puedo llegar es que la única razón para llamarme ante este comité es hacerme decir algo, cualquier cosa, que pueda reivindicar sus pedidos para que yo termine, en sus palabras, ‘tras las rejas’”. En sus redes sociales luego de este evento, el propio Trump calificó a Fauci de “loco” y dijo que “siempre está tratando de proteger a China”.
Una hipótesis es que este tema sigue porque Trump y los suyos usan el conspiracionismo a su favor, les sirve para alimentar una visión del mundo que los favorece, que los coloca como los defensores del pueblo ante las élites corruptas de las que Fauci sería parte o al menos un soldado. Y es una cuestión geopolítica: un escenario de batalla de la suerte de Guerra Fría contra Xi Jinping.
El conspiracionismo es un movimiento transnacional, que tiene incluso una expresión parlamentaria uruguaya: Identidad Soberana. Un movimiento amorfo, que no tiene un solo líder y que encierra contradicciones sin tapujos, que apunta a horadar lo que llaman el “Sistema”. En ese camino proponen argumentos muy atendibles e interesantes, y le prestan atención a cosas —muchas de ellas vinculadas con el avance irrestricto de las grandes tecnológicas sobre la privacidad y las libertades a cambio de un supuesto futuro dorado— que otros corren a un costado. En ese camino, sin embargo, también horadan la confianza en la ciencia, en la medicina, en la vacunación.
Trump sufrió en carne propia el conspiracionismo que tanto le ha servido con el caso Epstein, pero no cambió sus formas por eso. Esta renovada insistencia en los orígenes del covid lo demuestra.
Por Gastón González Napoli
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